«Gobernar no es enfrentar al mundo, por eso Estados Unidos pasa su factura a Trump»
Las elecciones de medio mandato han supuesto un serio aviso para Donald Trump. Los votantes han expresado su descontento con una forma de gobernar marcada por la confrontación, las decisiones polémicas y unas políticas cuyas consecuencias terminan pagando millones de ciudadanos. Porque una cosa es prometer que se va a hacer grande a Estados Unidos y otra muy distinta conseguir que los estadounidenses vivan mejor.
Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo defender los intereses de su país. Sin embargo, las guerras, los aranceles y los constantes enfrentamientos internacionales tienen un coste que no desaparece con un discurso grandilocuente. Las guerras dejan muertos, familias destrozadas e inestabilidad; los aranceles pueden encarecer los productos, perjudicar a las empresas y acabar golpeando el bolsillo de los trabajadores. Y cuando Estados Unidos estornuda, buena parte del mundo termina resfriándose.
Un presidente no puede confundir liderazgo con imposición, ni fortaleza con estar permanentemente buscando enemigos. Gobernar no consiste en levantar muros, amenazar aliados o convertir cada desacuerdo en una batalla. Tampoco en alimentar una división social que enfrenta a unos estadounidenses contra otros. La Casa Blanca no debería funcionar como el escenario de un espectáculo permanente en el que importa más ganar el titular del día que resolver los problemas reales.
El resultado electoral demuestra que una parte de la ciudadanía está cansada de esa política del ruido. Los ciudadanos tienen preocupaciones mucho más concretas. No necesitan discursos épicos si después llenar la cesta de la compra cuesta más o las decisiones de su Gobierno aumentan la incertidumbre.
Trump conserva el poder, pero las urnas le han recordado que no tiene un cheque en blanco. La democracia también sirve para poner límites a quienes creen que ganar unas elecciones les autoriza a hacer cualquier cosa. Y perder apoyos debería llevar a una reflexión, no a buscar nuevos culpables o redoblar la misma estrategia.
La política debe servir para mejorar la vida de las personas, no para alimentar el ego de sus dirigentes ni exportar conflictos cuyas consecuencias terminan pagando otros. Hacer grande a un país no consiste en gritar más alto, imponer más aranceles o abrir más frentes. Consiste en ofrecer prosperidad, estabilidad y futuro. Lo demás puede dar mucho espectáculo, pero no necesariamente hace grande a nadie.
