«Ni provocar es libertad ni quemar contenedores es antifascismo»

Pamplona debería haber podido vivir una tarde normal. Los vecinos paseando, las terrazas llenas, los comercios abiertos y cada uno haciendo su vida. Sin embargo, la visita de Vito Quiles terminó ayer con enfrentamientos, cargas policiales, contenedores quemados, cortes de tráfico y al menos un detenido. Algunos establecimientos tuvieron que cerrar por miedo a los disturbios.

Y lo ocurrido nos deja una reflexión que parece sencilla, pero que hoy cuesta defender sin que alguien intente colocarte una etiqueta: se puede criticar a Vito Quiles y condenar al mismo tiempo la violencia de quienes salieron a enfrentarse a él.

Quiles no es precisamente un ejemplo de cómo rebajar la tensión política. Su estilo provocador, sus mensajes y su manera de buscar el choque merecen críticas. Cuando alguien convierte la confrontación en parte de su espectáculo, contribuye a que la política se parezca cada vez menos a un debate y cada vez más a una pelea.

Pero una cosa es que no nos guste lo que dice alguien y otra muy distinta es querer impedir que hable mediante amenazas, intimidación o violencia. No hace falta compartir sus ideas, ni siquiera simpatizar con él, para defender un principio básico: en democracia, las discrepancias se responden con argumentos, no con piedras.

Hay palabras que estamos utilizando con tanta ligereza que corren el riesgo de perder su significado. «Fascista» se ha convertido, en demasiadas discusiones, en un insulto para descalificar a quien piensa diferente. Y «antifascista» parece funcionar a veces como una etiqueta que permite a quien la utiliza sentirse automáticamente en el lado correcto.

Pero las cosas no son tan sencillas.

El fascismo tiene una historia y unas características políticas concretas. No todo aquel con quien discrepamos es fascista. Del mismo modo, llamarse antifascista no convierte a nadie en mejor persona ni justifica cualquier cosa que haga.

Ayer hubo ciudadanos que acudieron a protestar contra Quiles y ejercieron su derecho a manifestarse. Ese derecho es legítimo y debe respetarse. Pero lanzar piedras y botellas, incendiar contenedores o poner en peligro a otras personas no es defender la democracia. Es cruzar una línea que ninguna consigna debería borrar.

Y tampoco todo vale al otro lado. Provocar, insultar y alimentar el enfrentamiento no convierte a nadie en un defensor ejemplar de la libertad. La libertad de expresión lleva aparejada una responsabilidad: entender que las palabras tienen consecuencias y que la convivencia también importa.

Esta es, quizá, la parte que más deberíamos recordar.

Detrás de las imágenes de las cargas policiales hay personas que no querían participar en ninguna batalla ideológica. Un camarero que esperaba atender su terraza, una comerciante que tuvo que cerrar, alguien que volvía del trabajo o una familia que simplemente quería pasear por el barrio.

¿Qué culpa tienen ellos? ¿Por qué tienen que soportar el miedo, los cortes de tráfico y los daños provocados por una disputa política que no han buscado?

Pamplona no pertenece a Quiles, pero tampoco a quienes pretenden expulsarlo de la calle por la fuerza. La ciudad es de todos, también de quienes piensan diferente, de quienes no comparten ninguna de las dos posturas y de quienes solo quieren vivir en paz.

La Policía tiene la responsabilidad de proteger a los ciudadanos y garantizar el orden público. Y quienes cometen actos violentos deben responder por ellos, con todas las garantías legales.

En Navarra sabemos lo importante que es poder expresar las propias ideas sin miedo. Por eso deberíamos ser especialmente cuidadosos cuando alguien pretende decidir qué puede decirse, quién puede hablar o qué personas merecen ser escuchadas.

No necesitamos estar de acuerdo con Quiles para defender sus derechos. Tampoco necesitamos aceptar sus provocaciones para reconocer que la violencia de sus detractores no tiene justificación.

Ni provocar es libertad sin responsabilidad, ni quemar un contenedor es antifascismo, ni llamar fascista a alguien demuestra que se tienen mejores argumentos.

Una democracia madura es aquella en la que podemos discutir, enfadarnos y discrepar sin convertir al que tenemos delante en un enemigo al que hay que expulsar o silenciar.

Pamplona merece calles tranquilas, comercios abiertos y una convivencia en la que nadie tenga que sentir miedo por una disputa política. Merece menos espectáculos, menos etiquetas y más respeto.

Porque, al final, cuando unos provocan y otros responden con violencia, quienes pierden no son los que salen en los vídeos. Pierden los vecinos, pierde la convivencia y perdemos todos.

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