«Cuando perdemos la humanidad: el peligro de convertir al diferente enemigo»
Hay algo más preocupante que la discrepancia política: que dejemos de reconocernos como seres humanos. Una sociedad democrática puede y debe tener distintas opiniones sobre la inmigración, la seguridad, la economía, los servicios públicos o el modelo de Estado. El problema comienza cuando el adversario político deja de ser un ciudadano con el que discrepamos y se convierte en un enemigo al que hay que eliminar, expulsar, humillar o señalar.
En los últimos años estamos asistiendo a una creciente polarización del discurso político. Determinados sectores de la derecha radical y de la extrema derecha han hecho del enfrentamiento una herramienta política: presentar al inmigrante como una amenaza, al adversario ideológico como un enemigo de la patria, al pobre como responsable de su situación o a quien piensa diferente como alguien que merece desprecio.
El Parlamento Europeo ha advertido de que determinados actores populistas alimentan la polarización mediante la estigmatización de minorías, la política identitaria y la desinformación.
El peligro no está solamente en las palabras. Las palabras construyen una mirada sobre el otro. Cuando hablamos de personas como si fueran una invasión, una plaga, una amenaza o un problema que hay que eliminar, dejamos de ver a la persona concreta que hay detrás: su nombre, su historia, sus hijos, sus sufrimientos, sus esperanzas y sus derechos. Ahí comienza la pérdida de humanidad.
La sociedad del enfrentamiento
El frentismo necesita dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos». Nosotros somos los buenos; ellos son el problema. Nosotros somos las víctimas; ellos son los culpables.
Este esquema es políticamente eficaz porque ofrece respuestas sencillas a problemas complejos. Pero una sociedad no se construye sobre la búsqueda permanente de culpables.
La democracia necesita adversarios políticos, pero no enemigos humanos.
Podemos discrepar profundamente con una persona y, al mismo tiempo, reconocer su dignidad. Podemos rechazar una determinada política migratoria sin odiar al inmigrante. Podemos defender unas determinadas fronteras sin considerar inferior al extranjero. Podemos defender la seguridad sin justificar la violencia. Podemos discrepar de una ideología sin deshumanizar a quienes la sostienen.
El problema aparece cuando la diferencia se transforma en desprecio.
Del miedo al odio hay un paso
El miedo es una emoción humana. El odio político, sin embargo, puede ser alimentado y organizado.
La utilización constante del miedo —al extranjero, al pobre, al musulmán, al joven, al feminismo, al diferente, al que piensa de otra manera— puede terminar creando una sociedad permanentemente enfrentada.
El Parlamento Europeo ha señalado que el discurso de odio y la estigmatización pueden normalizar y reforzar la hostilidad y la violencia, y ha reclamado a los responsables públicos que eviten una retórica discriminatoria o incitadora.
No significa que toda crítica sea odio. Una democracia necesita crítica, debate y confrontación de ideas. Pero existe una frontera moral que no deberíamos cruzar: aquella en la que dejamos de discutir ideas para atacar la dignidad de las personas.
Cuando el vecino se convierte en enemigo
Quizá lo más grave de esta dinámica sea que termina trasladándose de la política a la vida cotidiana.
El compañero de trabajo deja de ser simplemente alguien que piensa diferente. El vecino se convierte en «uno de ellos». El familiar pasa a formar parte del bando contrario.
La conversación sustituye al diálogo; el insulto sustituye al argumento. Y poco a poco dejamos de hablar con personas para hablar sobre etiquetas.
Socialista. Conservador. Inmigrante. Español. Extranjero. Progresista. Católico. Ateo. Nacionalista. No nacionalista.
Detrás de cada etiqueta sigue existiendo una persona.
La política necesita recuperar la humanidad
No se trata de pedir una política sin conflictos. Eso sería imposible y probablemente tampoco sería deseable. Se trata de recuperar una política en la que el conflicto tenga límites éticos.
Una política que pueda decir «no estoy de acuerdo contigo» sin decir «eres indigno».
Una política que pueda defender sus ideas sin necesitar enemigos.
Una política que no utilice el sufrimiento de los demás para conseguir votos.
Una política que recuerde que detrás de cada problema social hay personas concretas.
Porque cuando convertimos al diferente en enemigo, finalmente terminamos convirtiéndonos todos en enemigos de todos.
Frente al odio, dignidad
La respuesta a esta deriva no puede ser otro odio de signo contrario. Si rechazamos la deshumanización, debemos rechazarla venga de donde venga.
Y precisamente por eso debemos ser especialmente exigentes con quienes tienen una posición de poder, influencia o responsabilidad pública.
La democracia no consiste solamente en votar. También consiste en convivir. Y convivir significa aceptar que una sociedad plural no está formada por personas que piensan igual, sino por personas diferentes que reconocen que tienen algo fundamental en común: su dignidad.
Quizá hoy necesitemos recuperar una palabra que parece antigua, pero que sigue siendo profundamente actual: fraternidad.
Porque antes de ser de izquierdas o de derechas, antes de ser españoles o extranjeros, antes de ser creyentes o no creyentes, somos seres humanos.
Y una sociedad que olvida eso puede conservar las instituciones democráticas y, sin embargo, estar perdiendo algo mucho más profundo: su humanidad.
No necesitamos menos diferencias. Necesitamos menos odio.
No necesitamos menos debate. Necesitamos más respeto.
No necesitamos enemigos. Necesitamos volver a reconocernos como personas.
Fernando Ventura, Secretario General del PSN en Huarte
